viernes, 29 de agosto de 2008

Artículo publicado por "El Periódico" en su versión digital

REVUELTA EN CACHEMIRA

Mientras en Pekín suena el Amigos para siempre, en Cachemira se decreta el toque de queda. Mientras en Pekín los atletas se despiden del mundo con lágrimas de felicidad en los ojos, en Cachemira la gente llora de desesperación. Y mientras en Pekín los deportistas anhelan con ilusión los próximos Juegos Olímpicos, en Cachemira rezan para que los acontecimientos del último mes y medio no se vuelvan a repetir jamás.

Todo empezó hace no más de 60 días, cuando el Gobierno indio decidió expropiar parte del territorio de Cachemira para cederlo a su hermano forzado, Jammu, con quien comparte el nombre del estado: Jammu y Cachemira. Si bien esto supone un agravio más que considerable --imaginemos que parte de Andalucía se cede a Extremadura, o que parte de Aragón se cede a Catalunya--, el caso en la India es especialmente grave por dos razones.

La primera, por la obviedad de la zona sensible que Cachemira viene siendo en el transcurso de los últimos 50 años. Y no parece muy astuto quitar la tierra a los musulmanes para dársela a los hindús en un sitio como este. Y la segunda, pero quizá más importante, es que la India no está respetando su propia Constitución. En ella se establece de forma irrevocable que el territorio de Cachemira pertenece a los cachemiranos, y a nadie más. No puede ser expropiado, ni vendido, ni comprado por nadie que no sea habitante de Cachemira.

Así que la India se está haciendo un flaco favor a sí misma adoptando esta actitud, ya que si ni ella misma respeta su propia Constitución, ¿por qué lo van a hacer los cachemiranos, que se sienten independientes? Los indios se aferran con uñas y dientes a la indivisibilidad de la India e incluso a la prohibición de hablar de ello, tal y como promulga su Constitución. Hasta tal punto que en los últimos días se planteaba la posibilidad de meter en prisión a Arundhati Roy --autora, entre otros libros, de El Dios de las pequeñas cosas-- por sus declaraciones en relación a Cachemira diciendo que, si los cachemiranos querían, la India debía darles la independencia y, de esta forma, acabar con el problema de Cachemira de una vez por todas.


Movilización al estilo de la Intifada

La India se ha permitido el lujo de, por no hacer caso de sus propias leyes, matar a más de 50 personas a tiro limpio, durante el transcurso de las manifestaciones de los últimos días en Cachemira. A estos manifestantes, al más puro estilo de la Intifada palestina, ya poco les queda en que creer. "Si ahora nos quitan la tierra con toda impunidad sobre unas leyes que ellos han creado, ¿qué más nos harán luego?", comenta uno de los miles de manifestantes que salen a la calle a diario a jugarse la vida. "Solo nos queda luchar", acaba el chico.

Y eso es precisamente lo que están haciendo. Hoy han desobedecido el toque de queda dictado, para reunirse todos en la Chowk. La hora H viene dictada por los imanes que, desde los altavoces de las mezquitas, instan a la gente a rebelarse contra las fuerzas indias. Aunque todo el mundo sabe que esto se producirá. Hasta la policía lo sabe. Al preguntar a un agente sobre ello, contesta: "Ellos saben que tienen prohibido salir de casa. Así que si salen y, aun peor, para manifestarse, los tendremos que castigar. Estaremos preparados". la protesta se ha saldado con tres muertos y decenas de heridos en los choques entre los manifestantes y las fuerzas de seguridad.

Cachemira está pagando un precio muy alto por pedir ayuda a la India en los años cincuenta, y como país independiente que era, tras sufrir incursiones desde Pakistán. Y uno se pregunta, ¿y mañana, cuántos morirán? ¿Es suficiente?

jueves, 10 de abril de 2008

NEPAL, BAJO LA SOMBRA DE LAS MONTAÑAS

La situación actual en Nepal había llegado hasta puntos insostenibles. Nefasto pasado y penoso presente en los que la población nepalí tiene que hacer frente a una red de carreteras incapaz de soportar el número de coches existentes; teléfonos móviles que no funcionan debido a una red de cobertura deficitaria; semanas en las que la basura no es recogida; cortes eléctricos de siete horas diarias; y barrios con falta de agua potable.
En las últimas semanas de febrero, a los problemas heredados de un pasado monárquico-absolutista y a las deficiencias de un gobierno presente poco implicado en resolver los problemas del pueblo, hubo que añadirles las dos gotas que hicieron colmar el vaso. La primera, la India, sin previo aviso, aumentó un 8% el precio sobre los carburantes que vendía al Nepal. Debido al extremo grado de dependencia que éste tiene del exterior en dicho recurso, el Gobierno Nepalí, al no poder asumir el elevado coste de la nueva factura, no tardó en transmitirlo vía precios a los ciudadanos. Del mismo modo, también las cantidades importadas se redujeron. Suresh es dependiente en una tienda de lavabos al lado de una gasolinera. Nos comenta, nervioso, cómo los coches pasan horas y horas delante de su tienda haciendo cola. Hay un policía que va recorriendo la fila, nos comenta, y si alguien se pone impaciente y empieza a caldear los ánimos, lo manda para casa. Esto supone un duro contratiempo, pues no podrá repostar hasta dentro de dos días, con los coches que tengan su misma matrícula: los acabados en par. Y el segundo problema añadido fueron las demandas de mayor autonomía de los grupos étnicos del sur-este del país, que habían cortado, en la frontera con India, las carreteras que abastecían al país de sus alimentos y materiales más básicos. Dichos cortes, estaban provocando un aumento descomunal en los precios de los productos de primera necesidad: la soja, un 42%; ghee vegetal –mantequilla local-, un 22%; los aceites de mostaza y girasol, un 17%; y, el más importante en la dieta nepalí, el arroz, un 14%. En los mercados se podía ver a las mujeres, ataviadas con sus mantos y ropas locales cubriéndoles la cabeza, observando con detenimiento los alimentos que iban a comprar. Era importante su elección para el resto de la familia, pues los alimentos iban a escasear durante una temporada y la distribución de la compra debía corresponderse con las necesidades reales de cada miembro de la familia.
A inicios del pasado mes de marzo, y después de la situación caótica del mes de febrero, se llegó a un acuerdo de acción nacional que establece el próximo diez de abril como la fecha en la que se realizarán las primeras elecciones democráticas, multipartidistas -maoístas y grupos étnicos incluidos- y sin la sombra del monarca. Porque en la actualidad, éste, ha pasado a ser una mera figura decorativa. A Gyanendra, desposeído de su cualidad como encarnación divina de Vishnu, ya solo le queda pagar impuestos, como al "resto de los mortales".

Buli y Prakash son dos niños nepalíes del pueblo de Pokhara. Tienen diecinueve años los dos. Concretamente, Prakash los hace hoy -veinte de marzo-. Solos, en las montañas que rodean el pueblo -cuna de los trekings a los Anapurna-, sin comidas ni cenas familiares, sin fiesta de cumpleaños, sin felicitaciones ni regalos que abrir, dedican su rato a fumar uno tras otro los cigarrillos que, por mucho menos de un euro, se han comprado. Así celebran el aniversario de Prakash. En cuando les pregunto qué les parece las elecciones, dejan ir una sonrisa. Bien, bien, nos parece bien, responden. Es una gran oportunidad para Nepal, añaden. Y, entonces, ¿a quién vais a votar? Las sonrisas ahora se han convertido en carcajadas. Dicen, entre risas, que no lo saben, que ya verán. Pero, ¿cómo? Hay unas elecciones históricas en vuestro país, vosotros podéis votar por primera vez, lo que lo convertiría, además, en un momento histórico a nivel personal, y decís que ni tan solo sabéis si vais a ir a votar. Cesan las risas. "Mira, aquí -me dice Buli -, las cosas no son tan fáciles. Aquí, ir a votar, es peligroso".

El cómo Nepal ha llegado hasta la situación en que se encuentra hoy en día, tan solo lo podemos encontrar observando su historia reciente, su último lustro y medio.
Todo empieza en 1846, con la matanza de Kot. En ella murieron asesinados el hombre fuerte del reino -Gagan Singh-, el Primer Ministro y un buen número de aristócratas. El poder pasó a manos de Jang Bahadur Rana, un general del ejército nepalí, de origen indio, que no tardó en moldear el país según sus deseos.
No fue hasta 1950 – casi tres décadas después de que los británicos abandonaran Nepal como Protectorado (1923)- que las cosas empezaron a cambiar en el Estado despótico de los Rana. Tribhuvan, un rey harto de ser un preso encerrado en su celda-burbuja del palacio de Katmandú, huyó a la India con su hijo primogénito -Surendra-, y el primogénito de éste -Birendra- . Una vez en India, comenzó a organizar un duro movimiento contra los Rana. La respuesta de éstos no se hizo esperar: le desposeyeron del trono y, a falta de otro sucesor, hicieron nuevo rey a Gyanendra, de tres años de edad. Es posiblemente este el punto que marcará la extraña y dura personalidad del pequeño y efímero monarca en el futuro, quien, tres mese y medio después de haber sido nombrado rey, ve como su familia, con Tribhuvan a la cabeza y seguido por sus dos próximos sucesores, vuelven de forma triunfal a Katmandú.
Corría el año 1951 cuando Tribhuvan se hizo con el poder y prometió una nueva era democrática para Nepal. Pero su corto reinado de 4 años como consecuencia de una muerte prematura, no le permitió más que seguir perpetuando la monarquía absolutista.
Su sucesor desde 1955, Surendra, será recordado por ser el primero de los reyes nepalíes en intentar dar un vuelco democrático al país. En 1959, dotó al país de su primera Constitución y se celebraron ese mismo año elecciones a una Cámara de Representantes. Pero los resultados parecieron no agradar al monarca que, en diciembre de 1960, despidió al Primer Ministro, suspendió la Constitución, cerró el Parlamento y detuvo a los dirigentes del conservador Partido del Congreso del Nepal (NCP), que había ganado las elecciones.
En 1962, Surendra decide crear otra Constitución. Esta vez en ella prohibirá los partidos políticos y se dotará él mismo de poder absoluto bajo el paraguas del Panchayat, el Consejo de Notables y un Gobierno títere que le ayudarán a parar los golpes del mal gobierno de la nave. Surendra acabará muriendo en 1972 sin haber realizado ningún intento de democratización más.
Birendra, como nuevo rey, no realiza ningún tipo de cambio en el sistema. Gyanendra, su hermano, se dedica a un enriquecimiento desmesurado con los únicos sectores lucrativos del país: el turismo y el té. Acabará dinamitando su imagen pública como consecuencia del apropio indebido de negocios, plantaciones y hoteles, además de sus marcadas tendencias ultra-conservadoras y contrarias a cualquier tipo de cambio en el poder monárquico de Nepal.
En 1990, el NCP y ciertas facciones comunistas -bajo el Frente Unido de Izquierdas- inician una revuelta durante los meses de febrero, marzo y abril. En ellas se pedía al rey la adopción de una Monarquía Parlamentaria, una Constitución y la celebración de unas elecciones multipartidistas. La revuelta fue brutalmente reprimida por las fuerzas de seguridad a las órdenes del rey, con resultado de cientos de muertos y detenciones masivas.
Por remordimientos, para rebajar la tensión del país o por presión, Birendra, en 1991, acepta realizar unas elecciones multipartidistas y redactar una Constitución que sometería las acciones legislativas y ejecutivas del rey a la aprobación del Parlamento y del Gobierno. Se celebraron el 12 de mayo de 1991 y fueron ganadas por mayoría absoluta por el NCP.
En 1994 se celebran las segundas elecciones, donde sale como vencedor, con una mayoría simple y por primera vez en el mundo, un partido de ideología marxista-leninista (el NKP-EML). Su etapa de gobierno es muy corta ya que, en 1995, los partidos conservador y liberal (el NCP y el RPP, respectivamente) presentan una moción de censura que sacará del Gobierno a dicho partido. A la postre, esta actitud beligerante de los partidos conservador y liberal para echar del poder a los marxista-leninistas, será lo que provocará que, éstos últimos, se radicalicen formando, en 1996, el Partido Comunista del Nepal Maoísta (NKP-M). Los objetivos del NKP-M serán: uno, conseguir sus aspiraciones políticas de derrocar al rey a través de una rebelión armada; dos, establecer una República Popular en Nepal; y tres, acabar con las diferencias sociales existentes en el país, así como con el feudalismo. La situación del país ayudó, y de qué manera, a que el NKP-M se extendiera por el país. Debido a sus ideas, fue prohibido como partido político, lo que facilitó la victoria del NCP en las elecciones de 1999.

Y es en este marco que, ya entrado el siglo XXI, el 1 de junio de 2001 por la noche, se produce uno de los hechos que más impactarán a la opinión pública internacional y nepalí, pues será el mayor regicidio cometido desde la matanza de los Romanov, en Rusia, en 1918. Dipendra, el hijo heredero de Birendra y según versión oficial, en un arrebato por la negativa de sus padres a casarse, empuña un fusil de asalto M-16 con mira telescópica, una metralleta MP-5K y una pistola y mata a su padre -el Rey-, su madre, sus dos hermanos, su hermana, tres de los hermanos de su padre, dos de las Princesas, uno de sus maridos y una prima.
Después de haber matado a doce de sus familiares, Dipendra intentó suicidarse, pero no lo consiguió, lo que provocó que el regicida fuera rey durante tres días, los que permaneció en vida. El día 4 de junio, 72 horas después del regicidio, Gyanendra se coronaba como monarca en el Templo Hanuman de Katmandú. La mala imagen pública de éste y las circunstancias extrañas que le rodeaban entorno al asesinato masivo de su familia -él no se encontraba en la cena, su mujer fue herida, su hijo no recibió ningún rasguño, él mismo lo calificó de tan solo un accidente y ¿cómo había sido posible matar doce personas en el palacio real, durante un cuarto de hora, sin antes haber sido neutralizado por las fuerzas de seguridad?-, provocaron una situación de asombro y decepción en los nepalíes. Ahora, por fin, Gyanendra iba a ser capaz de aplicar sus propias políticas. Y no tardó en llevarlas a cabo, decretando toques de queda en los días que siguieron a su coronación.
El NKP-M aumentó considerablemente sus ataques a objetivos estatales. Esto fue utilizado por Gyanendra para decretar, el 26 de noviembre de 2001, el estado de emergencia, una reducción de las libertades de movimiento y expresión, la detención de todas aquellas personas sospechosas de terrorismo y movilizar, por primera vez, el ejercito Real para combatir la guerrilla maoísta. Como estas acciones no dieron su fruto, el 22 de mayo de 2002, Gyanendra decidió radicalizar su postura: disolvió el Parlamento y convocó elecciones para el próximo 13 de noviembre, lo que le daba margen para seguir actuando a sus anchas. El 4 de octubre, con la cercanía de las elecciones, el monarca decidió apretar un poco más las tuercas destituyendo al Primer Ministro por su incapacidad para preparar las elecciones, lo que provocaba a su vez un atraso en los comicios y la asunción por él del poder ejecutivo.
Los combates se intensificaron y, a finales de año, los muertos por la guerra civil existente ascendían a 8.000. La guerrilla aumentó sus ataques llegando a dejar incomunicada Katmandú durante una semana. Todo esto acabó enfureciendo a Gyanendra quien, el 1 de febrero de 2005, destituyó al Gobierno en pleno por incompetente para luchar con la guerrilla, declaró el estado de emergencia, se prohibió la crítica de este hecho en los periódicos, adquirió todos los poderes ejecutivos para los tres años siguientes, mantuvo bajo arresto domiciliario a los "miembros subversivos" de los partidos políticos, se cortaron las líneas telefónicas e Internet, el aeropuerto internacional fue cerrado, se suspendió el derecho a reunión y a la privacidad, y se instaura la detención preventiva -de moda ahora en los países donde la libertad es un bien muy preciado, pero escaso-.
Empieza así una de esas clásicas épocas oscuras de las dictaduras, en las que aumenta el número de detenidos, se grita a los cuatro vientos planes de desarrollo que exaltan a las masas y se crean comisiones al margen de la justicia que tienen el mismo poder que ésta (como la Comisión Real para el Control de la Corrupción). A pesar de ello, el 1 de septiembre de 2005, se abrió un periodo de cuatro meses en los que la guerrilla maoísta proclamó una tregua unilateral, bajo el amparo de una unión de todas las fuerzas políticas y con el objetivo de recuperar la democracia por la vía pacífica. Ante la pasividad del Gobierno ante dicha tregua, los rebeldes reiniciaron la lucha.
Las ansias de poder que había tenido Gyanendra le llevaron a buscarse demasiados enemigos. El 13 de febrero de 2006, el castillo de naipes que se había hecho a medida se empezó a desmoronar. El Tribunal Supremo emitió un fallo en el que declaraba "inconstitucional y contrario a la justicia natural la Comisión Real para el Control de la Corrupción". Así, el ex Primer Ministro, Bahadur Deuba, ahora encarcelado por dicha comisión, volvía a ver la luz de la calle tras varios meses de encarcelamiento.
Esta nueva situación dio alas a la oposición monárquica que empezó, el 6 de abril, a organizar manifestaciones y una huelga general indefinida. La policía provocó dieciocho muertos tras abrir fuego contra los manifestantes. El 14 de abril el monarca decide ofrecer diálogo, pero sus palabras empiezan a caer en el pozo del olvido. Los nepalíes, totalmente enfurecidos y envalentonados por el transcurso de los últimos acontecimientos, se congregan a decenas de miles en Katmandú pidiendo la rendición y/o destronamiento del despótico monarca. Éste, al ver que la situación se le escapa de las manos, aumenta aun más la represión policial. Pero el pueblo nepalí se había convertido en una inmensa bola de nieve que baja montaña abajo, que a cada metro que recorre y cada segundo que transcurre se hace más grande, más poderosa, más segura de si misma, más mortalmente destructora. En un último coletazo, Gyanendra, impulsado por un instinto de supervivencia como monarca, ofreció a los rebeldes -ahora ya todo el espectro político- que fueran ellos los que nombraran un Primer Ministro.
Pero el proceso antimonárquico ya se había iniciado y, como tal, ahora ya solo quedaba consumarlo. El 24 de abril de 2006, el monarca restauró el poder legislativo con "la responsabilidad de conducir a la nación por la senda de la unidad nacional y la prosperidad, mientras aseguran una paz permanente y la salvaguardia de la democracia multipartidista". Los acontecimientos se suceden uno tras otro: cesan las protestas, los maoístas guardan las armas, el Rey nombra un Primer Ministro, éste toma posesión, se reúne la Cámara de Representantes, se aprueba un plan de ruta de paz para con los maoístas -Plan Prasad Koirala-, se llama a las elecciones para la Asamblea Constituyente, se produce el alto el fuego de las tropas gubernamentales gracias a la tregua declarada por los maoístas, y se elabora una Carta Magna -18 de mayo de 2006-que reduce todos los poderes del rey hasta dejarlo como una figura decorativa. Es tan decorativa que ya ni tan solo su sucesor podrá escoger, éste lo designará el Parlamento.
Los empeños del país pasan a centrarse en la realización de las elecciones en el mes de octubre de 2007. Pero parece que las aguas aun no estaban totalmente calmadas. Son entonces los grupos étnicos, que piden más autonomía para sus regiones, y los maoístas inconformistas con los resultados conseguidos los que sabotean las pasadas elecciones del mes de octubre. Nepal parecía seguir condenado a la sombra de las montañas.
Es bajo estas circunstancias históricas -de peleas entre los Rana y la dinastía de los Shah, de reyes despóticos, avistamientos democráticos, guerrillas y regicidios- y bajo esta situación actual inaguantable -con subidas de precios desmesuradas, falta de gasolina, cortes eléctricos, infraestructuras deficitarias y grupos étnicos (¡cincuenta y nueve!) insatisfechos- que se dibuja el panorama en el que se realizó el acuerdo de acción nacional, con un objetivo claro: crear la República Democrática Federal de Nepal.
Krishna y Balwati están casados y regentan un pequeño restaurante con cuatro mesas de madera y manteles eternos. Son una pareja apacible, encantadora, servicial. Saben de la celebración de las próximas elecciones, pero también saben que no irán a votar. Comentan el primer hecho riendo y, el segundo, apenados. Su pueblo natal, al que deben ir a votar, está en la otra punta de Nepal y el pequeño negocio no les da un respiro que tomarse. Cuando oyen la idea de una República Democrática Federal de Nepal ponen caras raras. ¿Cómo?, repiten sin cesar y poniéndose las manos sobre la cabeza al oír la explicación. No, no puede ser. Imposible. ¡A mí me gusta un solo Nepal! Ni hablar del tema un solo minuto más, un solo Nepal ¡y basta!. Y no sigas hablando del tema sino quieres acabar la discusión con las manos.
Diez de abril de 2008, éste debe ser el día en el que, por fin, los nepalíes empiecen a divisar el Sol que se esconde tras esas altas montañas regias, tras ese monte inexpugnable, tras ese gigante jerárquico, tras ese déspota de la naturaleza que es un monarca absolutista.
Aunque, viendo a los Krishna, aquí, en las montañas, hay que tener cuidado porque… el día siempre se puede torcer.

lunes, 31 de marzo de 2008

LIBRO (1)


Hace tiempo que debería haber empezado a hacer esto. Pero, no sé, no he podido. Remueve demasiado, evoca una barbaridad y provoca una nostalgia que, para nada, se corresponden con lo que aprendí allí, a vivir el presente.

Quizás es porque estoy otra vez allí, es decir, aquí. Sí, quizás esto me dé alas. Acabo de fumar un porro. Estoy sentado en la cama. Ventanal con cortinas abiertas y las montañas al fondo. Ordenador en las piernas y escribiendo las palabras que vosotros leeréis. Puerta de la habitación entreabierta porque, aquí, nadie las cierra, ¿para qué, si lo bueno es relacionarse? Sobre la mesilla de noche descansa un café con leche caliente; casero, muy casero, con leche en polvo y agua calentada a través de una pinza eléctrica, de marca Aroma -¡quality you can trust!-, de doscientos cincuenta vatios de potencia y 40 rupias de precio - menos de un euro -. Angels & Airwaves suena en los altavoces, primero “Distraction” y luego “It hurts”; son unas canciones que me hacen sonreír, hasta me dan esperanzas. Esto es bueno ya que debo empezar a contar mi historia. La historia que viví esos impresionantes años que cambiaron mi vida.

Es jueves veinte de marzo de 2008, esta noche es luna llena y mañana empieza la primavera.

¿Por dónde empezar?... Y el tiempo se disipa en los mil y un recuerdos que tengo.

TOM


Esta mañana, jueves veinte de marzo de 2008, mientras enviaba una crónica a Catalunya Radio - con declaraciones del Gobierno del Tíbet en el exilio, sobre la conocida como Revolución de Lhasa, en la que, después de que monjes tibetanos hubieran sido detenidos por la policía china durante unas manifestaciones, el pueblo tibetano de Lhasa se sublevó y quemó tiendas y comercios de los khan (chinos de la provincia de Khan establecidos en el Tíbet), lo que fue brutalmente reprimido por las fuerzas de seguridad chinas provocando decenas de muertos entre los manifestantes -, conocí a Tom.
Tom era ya una persona mayor, de unos setenta años, y de él irradiaba una energía, una paz, una generosidad, una amabilidad y un respeto por todos aquellos que le rodeaban, que a uno no le dejaban indiferente. De nacionalidad australiana, estaba retirado del ejército del que ahora cobraba una pensión que le permitía seguir viviendo. Si hubiera tenido que catalogarlo dentro del pueblo australiano, habría dicho que los antepasados de Tom habían sido gente bondadosa del imperio británico que emigró a Australia sin un objetivo bien definido, sin saber bien qué iban a hacer allí. No sabían si iban a buscar un trozo de tierra o a realizar un poco de obra social, a “pacificar i socializar” tanto a nativos cómo a brutales europeos desterrados en las Antillas por sus fechorías en el Viejo Continente. Por su manera de ser, la realidad del continente australiano tan solo les dejó una salida: desvivirse por los otros.
De aspecto grandote - ni gordo, ni delgado, de complexión fuerte -, bigote blanco frondoso, anteojos perdidos a lo largo de la nariz, con una cara bondadosa o, mejor dicho, de la misma bondad había nacido su cara, pronunciaba un inglés exquisitamente perfecto y lento para que todos le pudiéramos entender. Al entrar en el cibercafé oí cómo, Tom, no paraba de disculparse por haber llegado media hora tarde. Sí, porque él había quedado con Hom para que le mirara si podía imprimir un documento Word con su ordenador, el de Tom, ya que el día anterior no había conseguido imprimirlo en ninguno de los del cibercafé. Tom, con sus bermudas caqui, camisa manga corta de color oscuro y sus sandalias, se disculpaba y se disculpaba otra vez. Lo sentía muchísimo por haber llegado tarde, pero se había encontrado mal. ¿Muy tarde había llegado? le preguntaba Dil Gautam, el dueño del cibercafé, de pelo cortado al uno con el deseo de esconder una calvicie declarada, una sonrisa jockeriana divertida, unos ojos que transmitían serenidad y una gran persona también. No, tan solo media hora, pero eso, para Tom, era demasiado. Bueno, pues, entonces, tranquilo, treinta minutos tarde, en Nepal, no son nada, es hasta llegar a la hora, le decía Dil con ritmo pasusado y tanquilo, mientras acercaba su mentón al cuello y lo miraba desde sus cejas para darle más solemnidad y trascendencia a sus palabras. Tom daba vueltas caminando sobre un pequeño círculo invisible que no le permitía salir de sus pensamientos, mientras iba diciendo “I am really sorry, really sorry”. Lo bueno del caso era que Hom ni tan solo había llegado todavía, así que todo el mundo se hacía el despistado ante la grotesca situación que se estaba dando: Tom disculpándose por llegar tarde a una cita a la que la otra parte aun no había llegado. Si me apuráis, debido a los personajes de la misma, un poco escena Mounty Paiton.
Vista la situación e intuyendo que yo podría echar una mano en lo de imprimir o no ese documento, decidí intervenir.
- No, desde tu ordenador no vas a poder imprimir en la impresora del cibercafé si no instalas el software de ésta en tu ordenador -, le decía. - Y me parece que - miré a Dil y me hizo un no claro moviendo la cabeza varias veces hacia sus lados - va a ser difícil que lo encuentres.
- Oh, pues esto va a ser un problema - se lamentaba con un tono apacible, hasta burlesco, Tom.
Finalmente, llegó Hom con cuarenta y cinco minutos de retraso. De complexión fuerte y mirada avispada, no se parecía en nada a Dil, pero se complementaban en el trabajo. Dil, el dueño, sentado en su butaca y atendiendo a los clientes desde allí, principalmente, a los que buscan treking, rafting, cayaking o un safari por la selva. Y Hom atendiendo a todo lo relacionado con Internet. Sus conocimientos informáticos - ¡nada del otro mundo! - y su aspecto chulito-modernillo le posibilitaban pavonearse entre aquellos turistas despistados que querían enviar un email y que casi no sabían ni cómo se encendía un ordenador. Padres que en su vida habían necesitado enviar un email pues su entorno más cercano no distaba más de unos pocos quilómetros de su casa y que, ahora, desde esos lugares, tenían la necesidad inconmensurable de enviar un email gracioso a sus hijos, a su email del trabajo “Porque mi hijo trabaja en……, sabes”. En el sitio en que me encontraba ahora, estos turistas abundaban pues estaba plagado de gente de todo el mundo que venía a hacer treking en grupos, hasta en familias. Posiblemente, los mejores trekings del mundo.
Hom, con Tom, parecía haberse desvivido la tarde anterior, como de hecho lo hacía con todo aquél que lo necesitara. Así que Tom, ahora, dirigía sus disculpas a Hom y le volvía a repetir que había llegado tarde porque se había encontrado mal. Hom, desconcertado por haber llegado más tarde él que Tom, miraba a los otros miembros del cibercafé que, cuando veían su mirada, la esquivaban y hacían un gesto con la mano diciéndole que ni tan solo se dirigiera a ellos. Hom le decía a Tom que tranquilo, que no pasaba nada, que había peores cosas en el mundo por las que preocuparse.
- Oh, sí, claro, ¡pero yo he llegado tarde! - decía Tom apesadumbrado. Yo, sin poder evitarlo, esbocé una sonrisa. Él me miró y dijo: - ¿Lo entiendes, no, Julian?-. Tom estaba al quite de todo, no se le escapaba una. Aunque cometía el mismo error que mucha gente, que, incrédula de que me llame Juli como si fuera una chica, me cambiaban el nombre. Y yo le respondía:
- Sí, sí, claro, te entiendo perfectamente -. Él me mandó una mirada cómplice y esto provocó en mí la duda de si la tremenda exageración del hecho guardaba más relación con la educación, que con el perdón. Aunque a él, llegar tarde, le sabía mal. Esto era un hecho.
Los minutos fueron pasando y cuanto más observaba a Tom, más quería saber a qué se dedicaba. Me hizo la impresión que podía ser uno de esos reporteros de antaño, de ésos que se patean las ciudades y los lugares sobre los que tienen que escribir, a pesar de su edad, tipo el maestro Kapuscinski. Porque estaba claro que él no había venido aquí a hacer treking ni ningún deporte de riesgo, no era un turista despistado, más bien parecía todo lo contrario: controlaba toda la situación. Así que se lo pregunté, si era periodista. Él se giró sobre su silla, miró a ambos lados, como escrutando “si había moros en la costa”, se levantó y se vino a sentar a mi lado. Allí, en ese cibercafé perdido entre las montañas del Himalaya, Tom empezó a contarme su increíble y apasionante historia.

Retirado del ejército y viudo, a Tom le diagnostican un cáncer terrible en la parte izquierda del cuello extendido por el pecho de ese mismo lado. Diagnóstico, malo: pocos meses de vida, a lo más estirar, un año. Tom, deprimido y solo, decide tomar -¡tiene gracia este verbo aquí!- una decisión vital, existencial, y se vende todas y cada una de las pertenencias que tiene. No le queda nada, tan solo unas cuantas mudas. Ni tan solo una goma de borrar le queda para vender. Eso sí, a pesar de todas las tomaduras de pelo de comisionista y demás mequetrefes - siempre ávidos y al acecho de los individuos débiles de las manadas sociales para robarles lo que puedan -, a Tom le queda, en una mano, mucho dinero contante y sonante y, en la otra, un billete de avión solo ida al país más místicamente célebre: la India. Allí ha decidido ir a morir.
Se instala en Pahar Ganj, un tumultuoso y apretado bazar de Delhi dónde, los mochileros, van a dormir gracias al buen precio de los hoteles y guest houses que allí hay. Como es sabido, en las grandes ciudades, y más en Delhi - capital de la emergente India que aumenta su población a un ritmo de veinte mil nuevas persona al día-, los focos de pobreza son dantescos. Y, en Pahar Ganj, se encuentran gran número de indigentes, niños recogiendo basura, gente que trabaja llevando carros imposible de ser carreteados, gente que trabaja de sol a sol por un salario mísero, que necesitan de una ayuda para, tan solo, seguir subsistiendo. Y allí estaba Tom, para ayudarles, para compartir su soledad. Tom pasó los días allí, en Pahar Ganj, viendo pasar a esos niños hambrientos, a esos trabajadores que no conocen más que el sufrimiento, y les ofrecía comida, unas rupias, un rato con quién hablar, compartir, ser querido. A cambio de, de nada. Tom iba dilapidando su patrimonio o, más bien dicho, lo iba compartiendo con quién más lo necesitaba. Diferentes concepciones de un mismo hecho.
Los días, las semanas y los meses fueron pasando hasta que se acercó la fecha de ese fatídico año que le habían dado de vida. Pero Tom allí seguía, vivito y coleteando, compartiendo su pequeña fortuna. Los años fueron pasando. Tom no lo podía creer, pero así era. Estaba vivo, y sin signos de recaída.
¡Doce años pasaron! hasta que, una mañana, Tom, después de levantarse en su minúscula habitación en India, se da cuenta de que algo le incomoda en el cuello. Al mirarse en el espejo ve, horrorizado, cómo un “bulto” se levanta en su cuello. Decide no prestar atención, pero, a medida que van pasando los días, el tumor aumenta su tamaño hasta hacerse tan grande que Tom parece uno de esos pobres de la calle, con elefantiasis, que vagan pidiendo que alguien les ayude con su “enorme” problema. Así que, finalmente, Tom decide volver a Australia para ver a su médico.
Éste, sorprendido, no puede creer que Tom todavía siga con vida, aunque las perspectivas de futuro no son muy alentadoras. Debe ser operado de inmediato para extirpar ese enorme tumor. La operación no da todos los resultados esperados y a Tom se le diagnostica una semana de vida. Incomprensiblemente, la semana pasa y Tom continúa en la cama del hospital recuperándose. Las semanas pasan y, debido a que Tom “no muere” y se recupera a pesar de tener el cuello destrozado, de tanta infección sufrida, el hospital decide mandarlo para casa, de un amigo pues él no tiene. Al volver al hospital para hacerse una revisión, y con la inmensa sorpresa del doctor que no entiende cómo es que sigue con vida, al hacerle las pruebas y con incredulidad de todos los médicos allí presentes descubren que, el cáncer de Tom, ¡ha desaparecido!
Cuando Tom llega a este punto de la explicación, esboza una sonrisa. Con el dedo índice de la mano derecha, señala con orgullo la bárbara cicatriz que le recorre el cuello por su parte izquierda, baja hacia su hombro izquierdo y, a mitad de la clavícula, se adentra hacia el pectoral, hasta llegar al esternón. Al ver la cicatriz uno puede adivinar cómo, los médicos, levantaron la “manta” e hicieron limpieza debajo de ésta. A pesar de su buen trabajo, fueron los propios médicos los que no comprendían qué había pasado. Tom pasó un buen tiempo recibiendo emails de doctores de todo el mundo que le pedían que les contara su caso, incrédulos de que tan irrefutables pruebas científicas, ¡hacía ya doce años!, de un cáncer en metástasis hubieran dado este resultado: vida.

Después de que a uno le cuenten una historia así, ¿uno qué debe hacer? Te sientes tan pequeño, crees que cualquier cosa que digas va a ser tan insignificante que, sencillamente, permaneces en silencio mirando fijamente a la persona que te la ha contado.
Tom se levantó de la silla y dijo, mientras me miraba desde las alturas y gesticulaba con las manos:
- Ahora, estoy aquí en India. Solo. Sin nada. Lo perdí todo, mi mujer. Lo vendí todo, mi casa, mi coche, mis muebles. Y lo gasté todo en los demás proveyendo una muerte segura. Ahora, dependo del Gobierno Australiano para seguir subsistiendo ya que tan solo tengo lo que recibo de ellos: una pequeña pensión del ejército -, y se fue con la cara triste del que lo ha perdido todo a su silla. Yo no podía dejar de mirarlo y él lo sabía. Al cabo de unos instantes de haberse sentado, giró la cabeza y transformó su cara pasando del estado más sórdido y deprimido de una persona, a un estado de plena felicidad. Esbozó una sonrisa de oreja a oreja y dijo: - Más de la mitad de mi pensión sigue yendo a parar a las manos de los más pobres. Sin intermediarios, se la doy directamente yo -. Se giró y se sumió en la escritura de algo que desconozco.
Intenté volver a sumergirme en la crónica de Catalunya Radio, pero era imposible dirigir mi atención a algo diferente de la historia de Tom. Al cabo de unos minutos, oí una voz que decía:
- ¡Julian! ¿Sabes que la vida - miró y señaló para arriba, al cielo, y a todo lo que nos rodeaba - nos devuelve exactamente todo lo que nosotros le damos? -. Ningún derramo de religiosidad.

Cuando recuerdo la historia de Tom, no puedo evitar preguntarme: “Si fuéramos todos Tom, ¿qué pasaría?”. Todos sabemos la respuesta. De ella deriva, a la vez, la siguiente aterradora pregunta: “Entonces, ¿soy yo el problema?”
GUIA PARA LA LECTURA


En el Blog voy a escribir sobre mi actual viaje, voy a colgar artículos y reportajes rechazados por periódicos y revistas, hablaré sobre sentimientos que pueda tener sobre situaciones actuales - generales o personales -, así como también pondré capítulos, o parte de estos, del libro que estoy escribiendo.

Para que podáis identificarlos perfectamente, al principio de cada día, en el título, habrá escrito de qué se trata (Viaje, Artículo, Reportaje, Feelings, Libro). Del mismo modo, habrá un número, después del título, que os permitirá identificar rápidamente, a través del índice, el capítulo, reportaje,..., o artículo en el que os habéis quedado.

Espero que disfrutéis tanto leyendo como yo escribiendo.

martes, 25 de marzo de 2008

En este Blog no pretendo otra cosa que dar a conocer mi experiencia como viajero. Todo se ve bajo mis ojos, bajo mi mirada. Asi que no pretendo dar a conocer ninguna verdad, ninguna solucion milagrosa a los problemas del mundo. Tan solo narro mi experiencia que, a los ojos de otro, seguro sera diferente. Pero a los mios, es la verdad.


Para empezar, hoy - martes 25 de marzo de 2008 -, desde Pokhara (Nepal), tan solo anadir que el ordenador del cibercafe en el que me encuentro no tiene ni acentos ni... esa "n" con el palito arriba que la cubre. Imposible que os la escriba pues no la tengo en el teclado. Ni tan solo el sonido puedo escribiros - como si fuera la "l" por "ele" - ya que, evidentemente, el sonido lleva implicito la letra. Imposible.

Pasara asi con muchas mas cosas? Me refiero a que, si no nos dan las herramientas necesarias, pueden evitarnos descubrirlas?